A tan solo una hora para el inicio de la ceremonia, la mansión de Las Colinas parecía haber alcanzado un estado de perfección casi mística. El sol, en su punto más alto, bañaba los jardines con una luz que hacía que las hortensias blancas y los lirios parecieran tallados en mármol. Elena, en el santuario de su habitación, se encontraba en la etapa final de su transformación. Las manos expertas de su séquito de estilistas daban los últimos toques a su velo de encaje francés, una pieza de herencia que caía sobre sus hombros como una cascada de espuma. Se miró al espejo y, por primera vez, no vio a la mujer que temía las llamadas de Sofía, las intrigas de Camilla o el pasado con Sebastián, vio a una mujer cuya fuerza había sido templada en el fuego, luciendo el collar de diamantes de Alexander y la pulsera de los Sterling como las insignias de una reina que finalmente toma su trono.Sin embargo, dos pisos más abajo, en la penumbra de la biblioteca, la atmósfera era radicalmente distinta.
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