La mañana siguiente a la visita de Elena a Industrias Miller, el edificio amaneció con una calma tensa, la clase de silencio que precede a una tormenta eléctrica. Sebastián no había dormido. Había pasado la noche en su despacho, no solo revisando las rutas de logística que Elena le había exigido, sino preparando un movimiento que sabía que podía ser su salvación o su condena definitiva.
Sabía que Alexander Sterling aparecería. Conocía el patrón de comportamiento del hombre que ahora ocupaba el