La música suave del violonchelo seguía envolviendo la terraza de Le Ciel, pero ahora era un telón de fondo para el creciente latido del corazón de Elena. Después de la cena, Alexander la había invitado a bailar. Su mano, firme y cálida, rodeó su cintura, atrayéndola suavemente hacia él. El vestido de seda color champán de Elena se movía con gracia, rozando el traje impecable de Alexander.—Este es el Alexander que el mundo no conoce —susurró Elena, su voz apenas audible, mientras apoyaba su cabeza en su hombro, sintiendo el aroma amaderado de su perfume—. El romántico empedernido que reserva terrazas para bailar bajo las estrellas.Alexander rio suavemente, una vibración cálida que Elena sintió en su pecho. —Y tú, Elena Valerius, eres la única mujer que ha logrado bajarme del pedestal de tiburón y ponerme a bailar. Es un logro admirable.Se movían lentamente al compás de la melodía, sus cuerpos tan cerca que la electricidad entre ellos era innegable. Elena podía sentir la fuerza de su
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