Cuando Daniel se perdió finalmente entre las sombras del área VIP, el aire pareció recuperar su oxígeno, aunque la tensión no disminuyó. Carlos, que había estado conteniendo una explosión de preguntas, fue el primero en romper el silencio, su voz teñida de una incredulidad punzante. —¿Acaso sabes quién es él? —soltó, dando un paso hacia ella. Victoria no se permitió flaquear. No lo miró a los ojos; en su lugar, comenzó a caminar hacia la barra de mármol negro con una elegancia mecánica, buscando refugio en el movimiento. —Sé perfectamente quién es, Carlos —respondió en voz baja, sintiendo el peso de su propia confesión. Él la siguió de cerca hasta que ambos tomaron asiento en los taburetes de cuero. Carlos se inclinó hacia ella, bajando el tono hasta convertirlo en un secreto compartido. —Lila... —¡Shh! No lo digas aquí —lo interrumpió ella con rapidez, el pánico destellando en sus ojos por un segundo—. Carlos, soy Victoria para todo el mundo. Grábatelo. Carlos arqueó la
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