—Llevaré a Carolina a otra habitación, no te muevas —ordenó Daniel, su voz resonando con una autoridad que no admitía réplicas.
Victoria lo observó en un trance brumoso mientras él cargaba a su prometida con una facilidad casi insultante y salía de la estancia. El silencio que quedó tras ellos era denso, interrumpido solo por el zumbido de la sangre en sus oídos. El calor la asfixiaba; sentía que el vestido se le pegaba a la piel y que el aire de la mansión Meléndez le robaba el oxígeno. Dese