Julián, que seguía en un rincón de la estancia revisando la última carpeta, levantó la vista y observó la dinámica. No se escandalizó; conocía a Daniel mejor que nadie. Sabía que detrás de ese impecable traje azul profundo y la máscara de hierro, latía un hombre joven que había cargado con el peso de un imperio desde que su padre murió. Daniel era un estratega letal, sí, pero también era un hombre que no sabía, ni quería, negar sus impulsos cuando encontraba algo que realmente deseaba. Entendiendo que su presencia ya no era necesaria —y que el "trabajo" de la noche acababa de cambiar de rumbo—, Julián cerró la carpeta con cuidado. Se levantó y caminó hacia la salida con pasos felinos, saliendo de la oficina con una discreción absoluta. Sabía que, una vez que Daniel ponía sus manos sobre algo, no lo soltaba hasta quedar satisfecho. Dentro, ajenos al mundo y a la ciudad que brillaba a sus pies, Victoria y Daniel seguían fundidos en ese beso. Ella se aferraba a sus hombros, sintiendo
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