13. El orgullo heredado
La puerta de la habitación de Damián se abre con un suave chirrido, Él entra con paso seguro, los hombros relajados, los labios curvados en una sonrisa que no logra contener. El aire acondicionado de su cuarto lo recibe con un soplo fresco, llevándose consigo el último rastro de calor que aún le queda en la piel tras el encuentro con Meivi. Cierra la puerta con el talón, sin apartar la mirada del espejo que cuelga frente a la cama, donde su reflejo le devuelve esa expresión de satisfacción maliciosa que no puede —ni quiere— ocultar.Se pasa una mano por el cabello oscuro, despeinado por los dedos de Meivi apenas unos minutos antes, y se ríe en voz baja, sacudiendo la cabeza. "Joder, mañana va a montar en cólera", piensa, imaginando el rostro de ella cuando se mire al espejo y descubra los chupetones que le dejó marcados en el cuello, justo donde la piel es más clara, más visible. Tres, para ser exactos: uno junto a la mandíbula, otro sobre la clavícula, y el último, el más oscuro, peg
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