El regreso a la Torre Vega se sintió como atravesar el umbral de una cripta elegante. Karla empujó las pesadas puertas de cristal del edificio exactamente a las ocho de la mañana, tres días después de aquella escena en la que Maxton había soltado su mano con un desprecio que aún quemaba su piel como ácido. Los tacones de sus zapatos golpeaban el mármol pulido con un ritmo mecánico, cada paso un recordatorio de que seguía atrapada en este teatro de marionetas donde su único papel era ser el fantasma perfecto de una mujer muerta.La oficina de cristal la esperaba como una jaula transparente, exactamente donde la había dejado. Las paredes traslúcidas reflejaban la luz matutina con una claridad brutal que no permitía ni una sombra de privacidad. En la esquina superior derecha, la cámara de seguridad parpadeaba con su luz roja intermitente, como el ojo de un cíclope insomne que nunca descansaba, nunca pestañeaba, nunca dejaba de vigilar.Pero algo había cambiado en Karla. Ya no miraba haci
Leer más