El escándalo llegó un martes por la mañana, como suelen llegar los desastres: sin advertencia, sin fanfarria, solo el sonido escalofriante de un teléfono sonando demasiado temprano y demasiado insistentemente.Maxton lo respondió al tercer timbre, todavía con los ojos entrecerrados por el sueño, sin saber que los siguientes treinta segundos redefinirían todo lo que había construido durante la última década.Era Marcos, y su voz tenía esa calidad tensa que solo adquiría cuando las catástrofes corporativas estaban en curso.—Señor, ne
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