La luz de la mañana caía como un bisturí afilado, diseccionando sin piedad el calor residual que quedaba en el dormitorio. Karla despertó y, a su lado, la cama ya estaba vacía; las sábanas se enredaban en pliegues desordenados, todavía impregnadas del calor y el aliento de Maxton, pero él ya no estaba.Se levantó en silencio, con los pies descalzos sobre el mármol, sin prisa por arreglarse ni volver la vista hacia aquella cama. En su mente revivían los momentos de la noche anterior: pasión desbordada, intensidad febril, jadeos mezclados con alcohol y dolor, y el nombre que él repetía a su oído. A veces era «Rebeca», a veces, en el borde del colapso, era «Karla». En uno de esos instantes, su corazón aceleró sin control, como si él realmente la estuviera viendo a ella, y no solo la cara reconstruida con dinero y cirugía.Pero fue solo un instante.Al bajar, el mayordomo ya la esperaba en el salón, impecable en su compostura. Al verla, se inclinó levemente y le ofreció un llavero —de meta
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