—Ahí es donde entras tú y te aseguras de que no lo haga —respondí. —No, no, Valeria. ¿Y si hacemos lo mismo que le hicimos cuando le cortamos las pelotas? —sugirió. Lo miré, perpleja, sin entender a qué se refería. Si mi memoria no me fallaba, tuvimos que escenificar dos accidentes y colocarlo en una mesa de operaciones. Nos aseguramos de que le realizaran exactamente el procedimiento que queríamos. —Mientras caminaba hasta aquí, se me ocurrió el plan perfecto —dijo, mientras yo desviaba la mirada y él continuaba hablando. No sabía por qué, pero estaba harta de mentir, manipular y arrebatar partes del cuerpo a las personas sin su consentimiento. —Valeria, préstame atención. El plan es sólido y puede ejecutarse en cuestión de minutos —insistió—. Todos conocemos los hábitos de bebida de Julian. Me limité a asentir. —Puedo hacer que mis hombres pongan algo en su comida que provoque un fallo orgánico. Luego contratamos cirujanos para extraer una porción de su hígado “con fines diag
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