Una hora puede ser toda una vida o solo un latido final. Depende de qué tan rápido corras.La explosión había convertido el paisaje de la isla en un lienzo de destrucción. El humo negro ascendía en columnas retorcidas hacia el cielo despejado del Pacífico, manchando el azul con ceniza y fragmentos de metal pulverizado. Eva parpadeó, intentando enfocar la vista mientras el zumbido agudo en sus oídos competía con el rugido distante de las llamas.Damián.El nombre atravesó la neblina de confusión como un cuchillo. Eva se incorporó sobre los codos, ignorando el dolor que le recorría las costillas. A tres metros de distancia, Damián yacía inmóvil junto a los restos de lo que había sido una estructura de observación. La sangre manchaba su camisa blanca, expandiéndose como tinta sobre papel.—¡Damián! —La voz de Eva sonó ronca, destruida por el polvo y el pánico.Se arrastró hacia él, las rodillas raspándose contra los escombros afilados. Cuando llegó a su lado, presionó los dedos contra su
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