Cuando la música terminó y la última nota de jazz se desvaneció en el aire, los aplausos no se hicieron esperar, resonando con una fuerza que parecía hacer vibrar las paredes. Amelia sentía que no podía respirar con normalidad, como si el oxígeno se hubiera vuelto demasiado denso para sus pulmones. Se quedó allí, estática en medio de la pista, con las manos de Alessandro todavía pegadas a su cintura y el corazón agitado golpeando contra sus costillas con una violencia rítmica. Se odiaba profundamente en ese momento. Odiaba la traición de su propio sistema nervioso y cómo su cuerpo reaccionaba de manera instintiva a las manos de su marido, buscando un calor que racionalmente sabía que no debía desear. Le dolía aceptar que, a pesar de tanta m****a que él le había hecho pasar, a pesar de los desprecios y la indiferencia, ella lo seguía amando. Se apartó de él con un movimiento seco, murmurando unas gracias casi inaudibles, y caminó con rapidez hacia el baño de damas. Por suerte, esta vez
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