CAPÍTULO 27 — Luis Luis no entendía nada de lo que veía frente a sus ojos. El corazón le bombeaba a mil cuando vio a Lissandro Monteiro arrodillarse frente a todos, en medio de una pasarela iluminada, con cámaras transmitiendo en vivo, pidiéndole matrimonio a Ofelia, a su ex prometida, a la mujer que él creyó que no era nadie, la que —según él— no tenía voz ni voto en su noviazgo, la que hablaba de telas, de vestidos, de trabajos que había que terminar de noche, la costurera de un atelier sin horarios, la modista silenciosa que aceptaba horas extras para ganar un poco más. La que él había dejado por su cuñada. Ahora lo veía claro, como un golpe seco en la cara que no daba margen a interpretación: Ofelia no solo cosía vestidos, los diseñaba; no trabajaba para otros, los creaba; y él no la había escuchado nunca, nunca se había detenido a mirar quién era realmente la mujer que tenía al lado. La había cambiado por Natalia. Por la viuda de su hermano. Por comodidad. Por ego
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