Capítulo 55. La visita indeseada.
Apenas Massimo había salido por la puerta de servicio con la mochila llena de relojes al hombro, el silencio volvió a caer sobre el ático. Pero era un silencio frágil, eléctrico, como el aire antes de que caiga un rayo.Diana caminaba de un lado a otro en el salón principal, esperando ansiosa su llegada. Sus manos, vacías sin el peso de Alessandro, se cerraban y abrían nerviosamente. Había enviado a su hijo con la doctora Sato a la habitación de invitados convertida en una especie de guardería para mantenerlo alejado de la tensión del motín del personal, pero ahora, sin él pegado a su pecho, se sentía incompleta. Vulnerable.—Debería ir a verlo —murmuró para sí misma, girando hacia el pasillo.En ese momento, el timbre principal de la mansión sonó.No fue el sonido discreto y melódico habitual. Fue un timbrazo largo, insistente, autoritario. De esos que no piden permiso, sino que exigen atención.Diana se congeló a mitad del salón.Andrea apareció desde la cocina, secándose las manos
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