Tara despertó antes del amanecer. No fue por una pesadilla. Fue por el cuerpo. Una sensación densa en el vientre, no exactamente dolor, pero tampoco ausencia. Como si algo hubiera quedado mal cerrado. Harvey no estaba en la cama, no paso la noche en el dormitorio ni quiso entrar, tal vez habría dormido en el sofá, en otra habitación o tal vez no durmió en casa. Escuchó ruidos lejanos: una puerta, el agua correr, pasos medidos. Todo parecía calculado para no despertarla. Esa cortesía tardía le provocó una náusea breve. Se levantó despacio y fue al baño. La luz blanca le devolvió un reflejo que apenas reconoció. Ojeras marcadas, labios pálidos, el cuerpo más liviano de una forma incorrecta. Apoyó una mano en el lavamanos. —Estoy aquí —se dijo—. Todavía. En la cocina, Harvey estaba de espaldas, revisando su teléfono. —¿Dormiste algo? —preguntó él, sin mirarla. —Lo suficiente.
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