EMELY.Habían pasado tres meses. El invierno comenzaba a ceder terreno a una primavera tímida que teñía de verde los bosques de la manada de Garino. Tres meses desde que el quirófano de Elena se convirtió en el escenario de un milagro y una pesadilla a la vez. Mi cuerpo, ahora más fuerte y vibrante bajo el linaje de la Gama, ya mostraba una curva incipiente en el vientre; un recordatorio constante de que la vida no se detiene ante las ruinas.Caminé por el sendero de tierra hacia el límite del territorio de Garino, con Olivar siempre a un paso de distancia, vigilante, como si el aire mismo pudiera ser una amenaza para el nuevo cachorro que crecía en mi interior. Al final del camino, dos camionetas cargadas esperaban. Mara estaba de pie junto a la puerta, sosteniendo a su hijo.El niño, al que habían llamado Elias, era una presencia magnética. Con tres meses, ya tenía el tamaño de un bebé de seis. Sus ojos, oscuros y profundos, recorrían el bosque con una inteligencia que no pertenecía
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