—La que caerás eres tú —susurró Alberto, desapareciendo la distancia entre ambos con dos zancadas. La pistola se clavó entonces en un costado de Alyssa, quién se sujetó los brazos y el hombro de Alberto para someterlo. Pero él seguía teniendo la ventaja en fuerza y altura—. Hace seis años te hice desaparecer, te borré del mapa —gruñó entre dientes—. ¡Se supone que deberías estar en un agujero bajo tierra, encerrada por la policía por terrorista! Pero, terca como una puta mula, reviviste aferrándote a los Caruso como una desgraciada sanguijuela y, aquí estás, al frente de todo el mando. ¡Tu reinado acabará pronto, Silvia Russo! —Declaró.Tomándola por la nuca, Alberto apretó a Alyssa y la empujó hacia la salida. Él no dijo nada, solo se giró hacia Babi y la apuntó con su pistola una última vez. Ella, aterrada, tan solo levantó sus brazos en rendición—. No diré nada, por favor.Alyssa temió lo peor, tragó en grueso lamentando tener que ver lo que sucedería. Sin embargo, Alberto bajó el
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