Lo que Domenica no sabía, era que el CEO no permitía a nadie subirse a su coche, ella había sido la única persona a la que él le permitió subirse, además la dejo hacer lo que quisiera. — Pidamos la cena, realmente muero de hambre, me gustaría comer un rico y jugoso bistec con verduras salteadas y salsa de piña. Al magnate le gustó la forma en la que ella dejaba claro lo que quería, no era tímida y no era como esas mujeres que solo comían lechuga y tomates cherry para no engordar. — Bien. — Con una señal elegante, el CEO llamó al mesero. — Buenas noches, mi nombre es Roger, yo seré su mesero, tomaré su órden. — Para la señorita será un bistec bien cocido pero jugoso, verduras salteadas y salsa de piña, para mí sirvame un salmón a la plancha, verduras y salsa de ciruela. Cuando Domi recibió su plato, ella cortaba la carne, más una voz la detuvo. — Deja, yo lo hago, si te rompes una uña tu padre me culpará. — No soy una inútil Lenin. — Nadie dijo que lo fueras, solo
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