La puerta del despacho se cerró con un golpe que hizo vibrar las estanterías de caoba, León giró la llave en la cerradura y la guardó en su bolsillo, un gesto definitivo que gritaba: de aquí no sales.Nuria retrocedió hasta que su espalda chocó con el escritorio, respiraba agitadamente, como un animal acorralado.León se giró, se había quitado la chaqueta y ahora se aflojaba la corbata con violencia, como si la tela le estuviera estrangulando, caminaba hacia ella con pasos lentos, pesados, cargados de una furia que llevaba cinco años fermentando.Cinco años —dijo León. Su voz no era un grito, era un gruñido bajo que nacía del pecho—. Cinco malditos años.León, escúchame… —empezó Nuria, levantando las manos.¡Cállate! —rugió él, golpeando el escritorio con el puño a centímetros de la cadera de ella—. ¡No tienes derecho a hablar! ¡No todavía!León la miró con los ojos enrojecidos, inyectados en dolor.Me robaste sus primeros pasos, me robaste su primera palabra, me robaste la oportunida
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