Tres días antes, la vida de Aria había sido completamente distinta. Tranquila y segura.Esa mañana despertó con el olor de cebollas friéndose, sonriendo incluso antes de abrir los ojos.Otro día solo con ella y mamá.El reloj marcaba las 6:12 a. m., pero algo no encajaba. La casa estaba demasiado silenciosa, sin radio de gospel, sin tarareo, solo el olor de cebollas quemándose y el silencio.—¿Mamá? —llamó Aria.Nada.El miedo le recorrió la nuca y aceleró el paso hacia la cocina.—Mamá, ¿estás…?¡ESTRÉPITO!El corazón se le detuvo. Empujó la puerta y encontró a su madre desplomada en el suelo, el cuerpo torcido, el cabello cubriéndole el rostro.La sartén se había volcado y las cebollas estaban negras sobre la estufa.—¡MAMÁ! —Aria cayó de rodillas a su lado, con las manos temblando. Buscó el pulso. Era débil, pero constante.Entonces vio algo sobre la encimera. Un pequeño frasco ámbar de medicamento, abierto, volcado de lado.Diazepam. 10 mg.La etiqueta estaba desgastada, pero alca
Leer más