Dominic BlackwoodEl hospital privado olía a limpieza extrema y a esa extraña paz que solo se encuentra en las alas de maternidad. Spencer nos hizo una seña desde la puerta de la habitación. Parecía que le había pasado un tren por encima, pero tenía una luz en los ojos que nunca, en treinta años, le había visto.—Pasen —susurró mi hermano—. Pero en silencio. Las dos guerreras están agotadas.Entré detrás de Chloe, sintiendo que mis pasos, usualmente pesados y decididos, eran ahora torpes. Me sentía fuera de lugar. Mis manos, las mismas que habían cerrado tratos despiadados y que se habían manchado de sangre para mantener este apellido en la cima, me parecían demasiado grandes, demasiado toscas para este santuario.Casey estaba recostada, pálida pero con una sonrisa de absoluta victoria. Y en sus brazos, un pequeño bulto envuelto en una manta de lana blanca.—Mírala, Dominic —susurró Casey, con la voz ronca—. Tu heredera ha llegado.Chloe se acercó de inmediato, con los ojos empañados.
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