Las vetas doradas de Dante se encendieron de golpe.No el pulso suave del canal en reposo. Encendido completo, todos los filamentos activos a la vez, el tipo de activación que Lucía había aprendido a distinguir de las otras porque iba acompañada de un cambio físico inmediato: él se paraba más recto, la respiración se ajustaba, las manos se cerraban sin que lo decidiera conscientemente.—Algo cambió —dijo Dante.Seguían en el saliente. El campamento abajo, las luces quietas, el sonido normal de ciento cincuenta personas en distintas fases del sueño y la guardia.—¿Qué cambió?—El pulso de antes. El que dije que era alguien llegando donde él está. —Las vetas parpadearon—. Ya no es alguien llegando. Es confirmación. Como cuando alguien entrega lo que prometió.Lucía ya estaba bajando antes de que él terminara la frase.Patricia estaba en la tienda de comunicaciones cuando llegaron.No dormía. Patricia rara vez dormía en horas normales, y cuando lo hacía era con un ojo en la pantalla y el
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