Regresé a la habitación del hospital y el aire se sentía diferente. El olor a antiséptico ya no me hacía sentir pequeña, ya no me recordaba todas las veces que había estado sentada allí esperando respuestas que no recibí. Había llorado, gritado, suplicado y me había explicado tantas veces que pensé que mi voz se había desgastado. Pero hoy… hoy, no tenía que explicarle nada a nadie.Alice dormía en su cuna, con sus pequeños puños apretados contra el pecho. Su respiración era constante, rítmica. De vez en cuando, sus párpados temblaban, e imaginaba que estaba soñando. Jamás imaginé que la vería así: no viva, no a salvo, no mía. Y sin embargo, allí estaba, este pequeño milagro con mis ojos, mi nariz, mi pequeña sonrisa torcida que algún día heredaría. Y por primera vez en tres años, sentí el fuego de algo más fuerte que el dolor.Me contuve de correr a su lado. Ni siquiera la toqué de inmediato. En cambio, me permití sentirlo: la calma, la fría claridad. Ya no reaccionaba. Ya no suplicab
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