La mañana avanzaba lentamente sobre la selva, pero a miles de kilómetros de distancia, en Dubái, el ambiente estaba muy lejos de la tranquilidad. Desde los ventanales de cristal que dominaban la ciudad, el sol se reflejaba sobre los rascacielos como si estuviera cubriendo de oro cada edificio. Sin embargo, dentro del despacho de Joaan Al Nayef, el aire era frío. Pesado. Tenso. El Jeque permanecía de pie frente a la inmensa ventana, con las manos entrelazadas detrás de la espalda y la mirada perdida entre las alturas. Sobre su escritorio descansaban varios informes abiertos, documentos que habían sido enviados durante las últimas horas desde distintos países. Todos contenían exactamente la misma información. Ninguno tenía respuestas.—¿Nada? —preguntó finalmente sin girarse.El hombre que esperaba junto a la puerta tragó saliva.—Nada, señor. Joaan cerró los ojos durante unos segundos.—¿Ni un solo rastro?—Hemos revisado rutas marítimas, aéreas y terrestres.—¿Y?—Nada.La mandíbula
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