El salón de baile del Hotel Vizcaya resplandecía con una opulencia que resultaba obscena.Lámparas de cristal de Murano colgaban del techo, proyectando destellos sobre la élite de Miami, que se paseaba entre esculturas de hielo y fuentes de champán.Era la gala anual de la Fundación Thorne, y, Alister, el anfitrión, se movía entre los invitados como un rey en su corte, con una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos de tiburón.Infiltrada entre el personal de servicio, con una peluca castaña corta y el uniforme impecable de la empresa de catering, Alma sostenía una bandeja de canapés con manos que luchaban por no temblar.Sus ojos, agudos y fijos, escaneaban el salón.Cada vez que un guardia de seguridad de Thorne pasaba cerca, ella bajaba la cabeza, simulando una timidez profesional, mientras el auricular oculto en su oído emitía el leve siseo de
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