El sol de la tarde se filtraba a través de las persianas de la suite médica, creando un patrón de luces y sombras sobre la cama de Henry.El aire olía a limpio, a una mezcla de antisépticos y el aroma floral del perfume de Elena, quien no se había movido de su lado en las últimas cuarenta y ocho horas.Henry, con el torso vendado y la respiración aún algo forzada, observaba el techo con una fijeza que delataba una tormenta interna, el momento que tanto había postergado, el que había evitado escondiéndose tras pseudónimos y sombras, había llegado.Henry giró la cabeza hacia Elena, ella sostenía un libro, pero sus ojos estaban clavados en él, llenos de una devoción que a Henry le resultaba dolorosa por lo inmerecida que la sentía.Él ya no quería ser un fantasma, no quería que ella amara a un recuerdo o a un hombre oculto tras gasas esterilizadas.— Elena... — su voz era un susurro raspado por el humo — No puedo seguir así, no quiero que me mires y veas un misterio. Quiero que veas quié
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