El placer los atravesó a los dos como una ola final. Carol tembló debajo de él, el cuerpo arqueado, los labios entreabiertos en un gemido que se apagó contra la boca de Alonso. Él se derramó dentro de ella con un gruñido bajo, los músculos tensos, y luego se dejó caer sobre su pecho, exhausto.La abrazó fuerte. Sus brazos la envolvieron como si temiera que desapareciera. Volvió a besarla, esta vez despacio, con una dulzura que dolía. Carol respondió al principio. Sus labios se abrieron, su lengua buscó la de él. Por unos segundos se entregó por completo, como si el mundo entero cupiera en ese beso.Pero entonces algo se rompió dentro de ella.Se tensó. Empujó su pecho con las manos aún esposadas a la cabecera. Alonso se apartó apenas, confundido.—Para —susurró Carol, su voz fue frágil—. Lo siento… no puedo.Él frunció el ceño, todavía respirando agitado.—¿Qué pasa?—Estrella —dijo ella, y el nombre sonó como un golpe—. Ella me espera en casa. Tengo que irme.Alonso cerró los ojos un
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