La noche cayó sobre la ciudad, y con ella, el ruido del hospital se fue calmando. En la habitación, solo se escuchaba el pitido suave de las máquinas y la respiración de Cristian, que poco a poco iba despertando del todo. El efecto de los calmantes ya se estaba pasando, y aunque el cuerpo le pesaba como si le hubieran pasado encima mil camiones, su mente estaba más clara que nunca.Sophie no se había movido de su lado. Estaba allí, con los ojos hinchaditos de tanto llorar, pero con una ternura que a Cristian le partía el pecho. Él la miró y, con un esfuerzo que le caló en los huesos, se acomodó un poco en la almohada.—Sophie… —la llamó con la voz ronca—. Ven más cerquita, por favor. Necesito soltar todo esto que traigo cargando, porque si no lo hago, siento que me voy a ahogar.Sophie arrastró la silla y le tomó la mano, apretándola fuerte.—No te esfuerces, mi amor. Ya habrá tiempo de hablar —dijo ella, acariciándole el pelo con suavidad.—No, tiene que ser hoy. Ya me cansé de escond
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