••Narra Connor•• ¡Por fin! Cayetana podía estar con nosotros, fuera de cuidados neonatales. Que le hayan dado el alta para cambiarla a una habitación privada era un logro que creímos lejano en su momento. Aún tenía que estar en su incubadora, pero ya podía estar con nosotros, en nuestro habitación, sin horarios de visita, sin tener que viajar por medio hospital para verla aunque sea un rato. Seguía pequeña, frágil, casi como si estuviera hecha de porcelana, pero estaba más viva que nunca. —Adelante, tienen autorización de tocarla, pero sean delicados, por favor —Indicó la enfermera que trajo la incubadora. —Tú primero —Le hablé a mi esposa, cuyos ojos cafés ya estaban cubiertos de lágrimas. Ella suspiró, su mano temblorosa, recién esterilizada, introduciéndose en el agujero de la incubadora. La bebé se movía. Lento, pero lo hacía. Y eso era lo importante. Catrina acercó su delgado dedo y ella, como si se sintiera atraída, su pequeña mano la tomo, aferrándose a ella. Aferránd
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