La miré. Estaba pálida, demacrada, como si hubiera regresado a aquella etapa en la que se quedaba mirando el vacío, perdida, llena de preocupaciones. Pero había algo diferente, sus ojos ardían con el mismo fuego que los míos.Se encontraba abatida por la posibilidad de haber perdido a nuestra hija, pero aún algo ardía. Aún no se quería rendir y yo tampoco. —Entonces vamos —dije, tomándola de la mano.Le prometí que estaríamos juntos, que superaríamos esto juntos. Y era verdad. Ahora, encontraríamos a nuestra hija juntos. Salimos de la habitación. Mis hombres ya estaban en el hospital, coordinados con la policía. Mi jefe de seguridad se acercó corriendo.—Señor, estamos revisando todas las salidas. Hay una que no está sellada del todo. El ala oeste, salida de emergencia.—¿Por qué no está sellada? —pregunté sin titubear, sintiendo la calidez de la mano de mi mujer, negándome a soltarla. —Porque alguien la desactivó desde dentro.Mis dientes se apretaron. Maricela. La subestimé. Pen
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