Maurizio llegó a Gaeta luego de un corto viaje. Él se mostraba un tanto asombrado; llevaba años hablando con su hermano. Si bien Luciano no era alguien que se acercara mucho a la familia, ahora vivía bajo un fuerte dispositivo de seguridad; aquello no tenía más explicación que el hecho de haber sido un testigo protegido.Al llegar a casa de su hermano, el hombre ya lo esperaba en el recibidor.—¿Cómo te fue? ¿Todo bien? —preguntó Luciano con evidente tranquilidad.—Sí, hermano, pero ¿a qué se debe todo esto? Tú normalmente, para hablar, solo me llamas o me escribes, ¿qué sucede?—Anda, vamos a ver a las niñas, están en el jardín; Olaf está dormido, recién lo acaba de bañar Amelia.—¿Cómo está mi cuñada?—Bien, se quedó un rato dormida con Olaf; últimamente la busca mucho. Bueno, todos la buscamos mucho, las niñas, Olaf; prácticamente ellas son quienes absorben el tiempo de mi mujer.—Vamos, seguro que deben tener un espacio para ustedes.—Bueno, Maurizio, cuando los hijos llegan, la ve
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