Tras completar los trámites del alta, la familia D’Angelo, al menos los que seguían en el hospital, que eran: Massimo, Diana y su pequeño, Aldo y Paloma, acompañaron a Adrien, la feliz Adele y la dudosa Laura a la casa Bianchi en Pienza. El lugar los recibió con una quietud que no existía en ningún otro lugar; calles empedradas, el aire limpio propio del lugar, el tiempo se sentía lento, muy bueno para los días que venían. La casa Bianchi no era sencilla, era impresionantemente enorme, muy parecida a la casa de la abuela Caterina; tenía el toque toscano, alejada del pueblo. A su alrededor, los D’Angelo solo podían ver viñedos, viñedos y más viñedos; no había ruido, no había claxon, solo el sonido de animales de granja, el canto de las aves y el suave movimiento de las hojas de los árboles. Adele ayudó a su madre a descender del auto y, tan pronto como lo hizo, corrió a la puerta de la entrada para abrir la puerta; antes de siquiera tocar, ella ya conocía su casa como la palma de su
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