Punto de vista de NadiaEl mercado nocturno nos envolvió como un torbellino de vida desordenada, un remolino de colores, olores y voces que, por un momento, casi logró hacerme creer que éramos solo tres personas más entre la multitud. Luces de neón parpadeaban sobre puestos de comida humeante —dumplings dorados, brochetas chisporroteantes, noodles que se cocinaban en woks gigantes—, mientras vendedores gritaban precios y clientes regateaban con risas y gestos exagerados. El aire estaba saturado de aceite caliente, especias picantes, sudor humano y el dulzor pegajoso de frutas caramelizadas. La gente se empujaba, reía, discutía, vivía, ajena al hecho de que tres fugitivos exhaustos y rotos caminaban entre ellos como fantasmas que aún no habían aceptado que ya estaban medio muertos.Adrian me mantenía pegada a su costado, su brazo rodeando mi cintura con una firmeza que rayaba en la desesperación. Cada pocos pasos sentía cómo sus dedos se clavaban ligeramente en mi cadera, un recordator
Leer más