Punto de vista de Nadia
El mercado nocturno nos envolvió como un torbellino de vida desordenada, un remolino de colores, olores y voces que, por un momento, casi logró hacerme creer que éramos solo tres personas más entre la multitud. Luces de neón parpadeaban sobre puestos de comida humeante —dumplings dorados, brochetas chisporroteantes, noodles que se cocinaban en woks gigantes—, mientras vendedores gritaban precios y clientes regateaban con risas y gestos exagerados. El aire estaba saturado