Gloria apareció empujando la silla de ruedas de Santiago.Sus ojos recorrieron la escena caótica—la mujer llorando desconsolada, Elise temblando, la rigidez del señor Herrera—con una satisfacción apenas disimulada. Aquel desastre, ese desgarro público, ese derrumbe frente a todos… era exactamente lo que había deseado.—Bueno, cariño —dijo Gloria con voz alegre, deliberadamente animada—, ¿nos perdimos de algo emocionante?Ver a Georgia llorar de forma tan indefensa le produjo un placer secreto.Santiago, en cambio, no sentía nada parecido. En cuanto sus ojos se posaron en su hermana, el dolor cruzó su rostro. Le lanzó a Gloria una mirada de advertencia antes de volvers
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