Linda se quedó en casa, mientras el mundo exterior se desdibujaba en un borrón de luz solar y sonidos lejanos que apenas percibía. Aquella mañana había llorado tanto que su voz estaba ronca, áspera por los bordes afilados de sus sollozos, y sus ojos estaban hinchados, sensibles y enrojecidos. Cada parpadeo le provocaba un punzante dolor en los párpados, recordándole que no tenía dónde esconderse de su propio corazón.Se sumergió en sus dibujos, con los lápices raspando el papel, los colores mezclándose y difuminándose. Por unos preciosos momentos, podía olvidar—aunque solo un poco—el dolor incrustado en lo más profundo de su pecho. Las líneas sobre la página absorbían su frustración, su anhelo, su miedo y su desamor. Pero, por más intensamente
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