La casa de la manada estaba en silencio, una quietud densa que solo el bosque profundo sabe otorgar. No era una mansión de mármol ni un palacio de cristal; era una construcción robusta y amplia de madera oscura, con vigas que crujían como si tuvieran memoria propia. Rodeada por centenarios abetos y pinos, el olor a tierra húmeda, resina y musgo impregnaba cada rincón, filtrándose por las rendijas de las ventanas como un habitante más.Aeryn estaba sentada en el porche trasero, con los pies descalzos apoyados en la baranda baja, sintiendo el frío de la madera nocturna contra su piel. La noche era excepcionalmente clara, una de esas madrugadas donde la luna se filtraba entre las ramas altas como hilos de plata líquida, dibujando sombras alargadas sobre el césped plateado. Para cualquier otro, el bosque habría parecido desierto, pero para ella, los sonidos eran una sinfonía: el ulular de un búho a lo lejos, el corretear de un roedor entre la hojarasca y el latido rítmico de la naturale
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