Narrado por BriennaHan pasado solo siete horas desde que me inyectaron ese suero, y ya siento la diferencia. No es un cambio dramático, no es que de repente pueda correr o gritar sin que me duela la garganta, pero sí es real.El dolor que antes era un cuchillo clavado en cada movimiento ahora es un eco sordo, como si alguien hubiera bajado el volumen del sufrimiento. Mis costillas, que antes crujían con cada respiración, se expanden sin protesta. El hematoma en la cabeza, ese peso que me hacía sentir que mi cráneo iba a estallar, se ha reducido a una presión leve, manejable.Mi cuerpo se está regenerando. No sé cómo funciona exactamente ese medicamento, factores de crecimiento alfa, dijo la doctora, pero lo siento: la piel que estaba morada ahora solo es rosada, los cortes suturados ya no tiran, y por primera vez desde que desperté puedo mover los dedos de los pies sin que un latigazo me suba por la columna.Veinticuatro horas después, estoy caminando. No sola, claro. Dos enfermeras
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