POV. AdrianUna hora más tarde, estábamos en el coche, conduciendo por la carretera costera, con el sol brillando y el océano a nuestro lado. Amelia me había hecho un millón de preguntas, pero yo me había negado a responder, disfrutando de su curiosidad y de su emoción.—¿Adónde vamos? —preguntó por décima vez, su voz era un juego de impaciencia y diversión—. ¿Me darás al menos una pista?—La pista es que estamos casi allí —dije, sonriendo—. Y que vas a amarlo.Giré por un camino de tierra que recordaba de mi juventud, un camino que llevaba a un acantilado escondido, un lugar que solo mi familia y yo conocíamos. Cuando llegamos a la cima, la vista me robó el aliento, como siempre lo hacía. El océano se extendía hasta el infinito, un manto de azul brillante, y las olas rompían contra las rocas de abajo, con un poder y una belleza que eran humillantes.Pero no estábamos solos. Allí, en el borde del acantilado, bajo la sombra de un viejo roble, había una manta de picnic, una cesta de mim
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