Adrián Di´Marco.El equipo se distribuyó en varias camionetas SUV blindadas, un convoy siniestro que avanzaba por las calles de Nueva York como una marea de acero negro, una procesión fúnebre destinada a quien todavía no sabía que tenía las horas contadas. Dentro, el ambiente estaba saturado del olor a cuero nuevo, pólvora y el aroma metálico del aceite de las armas. Mis hombres, los mejores de Paul, permanecían en un silencio sepulcral. No eran soldados obedeciendo órdenes por deber; eran depredadores que reconocían en mí al alfa que acababa de reclamar su trono, un rey al que le habían arrebatado a su reina.Sentí el peso del anillo de sello en mi dedo, el frío del metal recordándome quién era ahora. Ya no era el empresario que negociaba en oficinas de cristal; era el hombre que quemaría la ciudad con tal de recuperar lo que le pertenecía. La imagen de Sharon, atrapada en ese cilindro, golpeando el cristal mientras el agua subía, estaba grabada a fuego en mis pupilas. Cada segundo q
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