–¿Q-qué? ¡No!– Melissa corrió hacia el otro lado del sofá. –¡No vas a tocar a mi hijo! ¡Soy mayor de edad! ¡No puedes obligarme a esto!––¡Deja de ser terca y obedece! ¡O esto será mucho peor!– Francesco alzó la voz en tono de orden.Melissa miró a la médica con lágrimas, buscando algún tipo de amparo femenino o compasión, pero vio a la mujer de mediana edad con una expresión seria y seca, como si ya supiera que no se trataba de un aborto consentido.–¡No, no, no van a quitarme a mi hijo!– Melissa corrió hacia las escaleras, pero pronto fue sujetada por dos guardias robustos, que fácilmente la arrastraron de vuelta a la sala.–¡Suéltenme! ¡Suéltenme!––Llévenla a la habitación, átela a la cama y dejen todo listo para la doctora– ordenó Francesco.–Francesco, hermano, por favor no hagas esto, te lo suplico. Me voy a comportar, no volveré a hablar de Gregorio, haré todo lo que digas, seré obediente, pero por favor no me quites a mi bebé, ¡te lo suplico!– Melissa pidió desesperada, inten
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