El lunes llegó sin anunciarse, igual que un gato silencioso.Valentina abrió los ojos y el silencio la golpeó primero. No había despertador chillando, ni notificaciones acumuladas, ni el eco distante del tráfico matutino filtrándose por las ventanas del penthouse. Solo una quietud densa, casi palpable, que le erizó la nuca.Se quedó inmóvil un momento, contemplando el techo blanco e inmaculado. Intentó convencerse de que esa inquietud que sentía era normal. Su vida, al fin y al cabo, estaba en orden, o eso aparentaba... Un trabajo exigente pero estable, un hijo excepcional, una boda inminente planeada con precisión quirúrgica.Todo encajaba.Y, sin embargo, algo le seguía molestando, no le dejaba tranquila.Se levantó despacio, se vistió con ropa cómoda, un pantalón negro y una blusa sencilla y salió al pasillo. El aroma a café recién hecho ya impregnaba el aire, mezclado con el leve olor a tostadas.— ¿Mamá?... ¿Ya despertaste?.
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