Desde el día de su nacimiento, Melany había sido una carga y un milagro. Su hermana Montserrat lo sabía mejor que nadie. Había tenido apenas seis años cuando su padre, con el rostro endurecido por el dolor, le ordenó cuidar de ella. Aquella niña juguetona y altiva perdió de golpe su niñez, y su amor se mezcló desde entonces con el resentimiento.En la juventud, cuando ambas fueron presentadas en la ceremonia de los clanes, Montserrat soñaba con ser elegida por Kiny, el tritón más prometedor del reino. Pero el destino, caprichoso como las mareas, se inclinó por la inocencia de Melany. Bastó aquel instante, cuando un tiburón irrumpió en medio del festejo y Kiny nadó con furia para proteger a la pequeña, para sellar una unión que nadie más pudo romper. Desde entonces, los ojos de Montserrat se llenaron de sombras cada vez que los veía juntos.Esa noche, después de todo lo ocurrido, el silencio entre las dos era frágil, casi transparente. —Bueno, me iré a descansar y te quiero mucho, herm
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