Le hizo un gesto con la mano. —Bella, ven, siéntate a mi lado. Isabella obedeció y, al hacerlo, escuchó su pregunta: —¿Por qué la doctora Dónovan decidió tratarme? Había una preocupación sincera en sus ojos. Sabía quién era la doctora Dónovan y cuán extraordinario era. Pero, en lugar de sentir alivio, lo invadía la ansiedad: temía que su familia no pudiera costearlo. Si ese fuera el caso, preferiría morir antes que arruinar a los suyos. La voz de Isabella fue suave, serena, como una corriente de agua clara: —¿Recuerda que alguna vez recomendó a un guionista desconocido? Le entregó su primer guion al director Montgomery. Jim la miró sorprendido. Por supuesto que lo recordaba. Años atrás, alguien le había enviado un guion por error, confundiéndolo con el director Montgomery. Él había leído el manuscrito con atención; pese a algunos defectos, era brillante. Lo había reenviado al director y, poco después, aquella obra se convirtió en una película exitosa. El autor —o
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