MARISOLAbuelo cargó una de mis bolsas él mismo, la pequeña con mis cuadernos de bocetos. Solo la recogió sin decir nada y yo tampoco dije nada.Abuela me tomó de la mano en el coche, mientras contaba farolas durante todo el trayecto, y llegué a cuarenta y siete antes de que nos detuviéramos justo frente a la mansión.Era más grande de lo que recordaba de las cenas, o quizás solo se sentía más grande por la idea de tener mis bolsas en ella.Nos sentamos en la sala de estar, todos, y los adultos hablaron de cosas.De la escuela el lunes, del conductor conociendo la ruta, de una cita médica en dos semanas, de mis cuadernos de bocetos quedándose en la bolsa hasta que el cuarto estuviera listo.Me senté entre Abuela y Abuelo y miré el plato de galletas sobre la mesa que nadie tocó y escuché cómo hablaban de mi vida como si fuera una lista de cosas que resolver.Don y Doña se fueron eventualmente, y mirando la casa, intenté descifrar cómo se suponía que debía sentirme estando aquí, cómo se
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