Diego llegó al hotel a las 11 de la noche con la declaración firmada, la demanda desestimada, y una pregunta que llevaba dos días sin poder sacarse de la cabeza.No era una pregunta de negocios. Esas las respondía en segundos, con la misma precisión con que firmaba contratos o cancelaba proyectos. Era el otro tipo de pregunta, el que se instala en algún lugar entre el pecho y la garganta y no se mueve sin importar cuántas reuniones uno tenga, cuántos kilómetros recorra, cuántas horas duerma mal en una habitación de hotel que huele a aire acondicionado y soledad corporativa.La encontró en la terraza del segundo piso.No lo esperaba, eso era evidente. Estaba sentada con las rodillas recogidas sobre la silla, el cuaderno de notas abierto sobre el muslo, aunque no escribía nada. Miraba el mar, que a esa hora era pura oscuridad interrumpida por el brillo ocasional de la luna s
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