La verdad siempre tiene precio, pero nadie te dice que a veces ese precio es todo lo que amas.Valentina Solís lo supo a las 11:47 de la noche —cuando las luces fluorescentes del hospital privado convertían la piel de Hermann Schneider en pergamino translúcido y cada pitido del monitor cardíaco sonaba como recordatorio de lo cerca que habían estado del desastre— mientras apretaba la mano del hombre que había arriesgado su vida para salvar a un niño que ni siquiera conocía.Hermann dormía profundamente, sedado. Las mantas térmicas envolvían su cuerpo como capullo protector, pero Valentina podía ver los temblores ocasionales que atravesaban sus hombros. Hipotermia severa, había dicho el doctor. Veinticuatro horas en observación. Afortunado de estar vivo.Valentina no había soltado su mano en las últimas tres horas. No desde que los paramédicos lo habían bajado del helicóptero en la azotea del hospital, envuelto en mantas térmicas y con los labios todavía azulados
Leer más