Hay decisiones que no se toman en salas de juntas, sino en el abismo donde el poder encuentra su límite.
Diego Valentín Cortés lo supo a las 7:58 de la mañana —cuando el elevador de cristal ascendió hacia el piso treinta y tres con la lentitud calculada de una cuenta regresiva— mientras observaba el reflejo distorsionado de su propia cara en la superficie pulida de las puertas y reconoció, por primera vez en dos años, que el hombre que miraba desde el otro lado del vidrio no era el mismo que ha