La casa en Wisconsin parecía sacada de una película americana: cerca blanca, jardín perfecto, y mentiras enterradas bajo cada tabla del piso.Tres meses habían transcurrido desde que el avión de la CIA los había depositado en esta existencia fabricada, donde Diego Valentín Cortés había muerto oficialmente para convertirse en Steven Grant, consultor financiero de sonrisa ensayada y corbatas discretas. La transformación había sido meticulosa: documentos impecables, historial crediticio construido con precisión quirúrgica, y una biografía tan aburrida que nadie querría investigarla dos veces.La casa de cuatro habitaciones y dos baños se alzaba en el número 1247 de Maple Street, idéntica a las otras construcciones que formaban el vecindario suburbano. El césped permanecía recortado con obsesión geométrica, los arbustos podados con precisión militar, y las ventanas brillaban bajo el sol matutino como ojos que observaban cada movimiento. Cada mañana, Diego —Steven— salía puntual a las siete
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